gestalt terapia y supervision

documentos y transcripciones sobre supervision terapeutica

gestalt supervison peñarrubia 3

Publicado el 6 de Septiembre, 2006, 6:05. en General.
Referencias (0)

La Supervisión Gestáltica de Paco Peñarrubia

 

Tomado de:  Gestalt de vanguardia

Naranjo, Claudio (2002). SAGA ediciones. Argentina. PP. 68-88

 

 

Parte 3

 

 

5. El carácter del terapeuta. Siempre se ha tenido en cuenta la patología del terapeuta o sus mecanismos defensivos a la hora de supervisarlo. Cuando se  conoce el trabajo del Eneagrama, resulta más potente enfocar la supervisión precisamente desde el carácter del terapeuta, desde su punto ciego o falsa personalidad como el conjunto de automatismos del ego que van a determinar la forma en que el terapeuta entiende, siente y actúa.

Voy a referirme a mi experiencia en la supervisión de terapeutas de diferente “carácter” y las conclusiones, más o menos generales y subjetivas, a las que he ido llegando con el tiempo.(12)

 

1.° Cuando superviso a un terapeuta perfeccionista, tiendo a despenalizar su agresividad y, paralelamente, a recomendarle que la explicite, que exprese sus sentimientos negativos y haga de ellos una herramienta terapéutica al servicio de la relación. Lo que más rigidiza a un terapeuta de este tipo es que convierte su agresión en exigencia hacia su cliente. Mi recomendación, por el contrario es que, en vez de enconarse con la enfermedad (o las imperfecciones) del paciente y exigirle que mejore, más bien le diga claramente aquello que le molesta lo enfada o lo tensa. Esto humaniza al terapeuta y permite que su cliente lo vea como persona y, en consecuencia, la relación se haga más cálida, menos técnica y basada en “principios"; si no, el terapeuta corre el peligro de instalarse en el lugar del top dog del cliente y repetir exteriormente el juego de la tortura interior que su paciente ya trae a terapia.

Otra cosa que suelo hacer es frenar la ambición terapéutica: mi experiencia con este tipo de terapeuta es que parecen querer resolver toda la problemática del otro en una sesión. En consecuencia, los invito a aflojarse y a aceptar que se  (p.81) puede hacer lo que se puede hacer, no todo de golpe: aquí, más que en otros casos, resulta cierto aquello de que "lo mejor" es enemigo de "lo bueno".

El terapeuta de este carácter suele ser bastante controlador y tiende a convertir en principios morales o ideológicos los fenómenos relacionales o transferenciales. Por ejemplo, recuerdo a una terapeuta que ignoraba los mensajes afectivos de su cliente porque había puesto todo el interés en ser "respetada" en vez de querida. La concepción "honorable" de su rol le hacía exigir respeto de su cliente, en vez de abrirse a su necesidad de ser apreciada y poder expresar también aprecio al paciente.

 

2º. Al terapeuta seductor acostumbro a despenalizarle su seducción, a ponerle conciencia, ya que la seducción consciente es una excelente arma de trabajo, el mejor sinónimo de intuición que tendría este terapeuta. Si se conocen bien los propios aspectos histeroides, se está en la mejor disposición para denunciar las manipulaciones del cliente. Tiendo a rescatar su capacidad de sintonía emocional (son excelentes terapeutas de apoyo) y, paralelamente, a frenar su tendencia a la intimidad, a hacerse "amigos íntimos" de sus clientes. Aquí, más que en otros casos, tiene sentido no olvidar las reglas del encuadre para que el terapeuta no pierda su capacidad confrontativa, pueda frustrar y aprenda a frustrarse cuando los procesos pasan por momentos de sequedad, de transferencia negativa o de impasse.

 

3°. Con el terapeuta técnico-formal, la más insistente de mis intervenciones es animarlo a que se "caliente" en sesión, que se deje emocionar y trabaje desde  sus sentimientos. Su tendencia es a instalarse en la frialdad del rol y en la eficacia técnica, con el peligro de convertirse en un buen ingeniero entrenado en la puesta a punto del robot de enfrente, Los animo a equivocarse, a perdonarse, a ser humanos y a aprovechar su simpatía natural para disolver el cristal del rol. Me descubro muy cuidadoso con este tipo de terapeutas a la hora de supervisar: si me pongo muy crítico, la herida narcisista los hace cerrarse y no recoger o elaborar, así es que aquí, más que en otros casos, se me revela especialmente útil el uso de la mano izquierda y la derecha a la vez, lo cual no me resulta costoso, porque me molesta tanto su parte falsa como me gustan su lealtad y su compromiso con el paciente.

 

4.° Al terapeuta dependiente suelo frustrarle las excesivas demandas con que viene a supervisión: "qué tengo que hacer, lo hago mal, cómo mejorar", etc.  Casi nunca respondo, sino que los hago a ellos responderse y, sobre todo,  observarse en lo que están haciendo, no distraerse con lo que falta y habría que hacer.

Otro asunto es ayudarlos a "deshacer la retroflexión", puesto que tienden a hacerse cargo de todo lo malo que va pasando, de lo que no funciona en el proceso; se cargan, en suma, de demasiada responsabilidad (en el sentido culposo).

Suelo animarlos a utilizar su "maldad", sus sentimientos negativos, para denunciar la toxicidad del paciente. Alentar esa capacidad de picar o pinchar, de "mosca cojonera", que es una de sus mejores cualidades siempre que no caigan en el exceso persecutorio (sobre todo, el subtipo "tenaz"). (p.82)

También les recomiendo estudiar, entender los procesos intelectualmente, en vez de estar permanentemente afincados en la inseguridad y la autodescalificación.

 

5.° Suelo encontrarme con dos casos de terapeuta desconectado (o quizá sería mejor llamarlo "excesivamente introvertido"). Uno viene a supervisar desde la parálisis, descomprometido con el trabajo o con una situación determinada. Aquí, suelo ser especialmente confrontativo, en sesiones más terapéuticas que  de supervisión: no concibo que no utilicen su capacidad de conciencia a la hora de trabajar, que con el buen ojo que tienen se estanquen en una actitud pasiva, congelada, de no intervenir, de "seguro que no merece la pena".

El otro caso es cuando sí hay actividad y compromiso pero sobreviene el miedo a ir más allá o a las consecuencias. Reconozco que en estas situaciones soy poco tolerante con la reincidencia en la culpa, y mi respuesta es del tipo: "Lo has hecho, pues ahora aguántatelo", como empujando para que no reculen sino que vayan hacia adelante.

En general, los animo a fiarse de su intuición para trabajar más confrontativamente o, dicho de otro modo, alentarles su parte de 8: "Eso que estás viendo, dilo", "Eso que está pasando, que te cae mal, denúncialo", "Eso que olfateas como extraño, sácalo y contrástalo con el otro". Trabajar en el cara a cara.

 

6.° Lo que acabo de decir tiene también mucho sentido para el terapeuta ambivalente, el que tiende a la paralización y a la ambigüedad para defenderse de sus temores. En estos casos, los aliento a la acción, a seguir su impulso aunque se equivoquen, a no instalarse en la duda paralizante. Suelen acudir a la supervisión para despejar sus dudas sobre si lo que han hecho es o no adecuado, en un intento de entender intelectualmente el proceso con la ayuda de la autoridad del supervisor. Precisamente esta composición mental es lo que rompe el contacto real con el paciente y con ellos mismos: no están con el otro, están con un "caso", codificándolo. También tienden peligrosamente a la proyección, y las proyecciones más frecuentes que detecto en este tipo de terapeuta son: "Me van a quitar el poder terapéutico" (si el paciente es del mismo sexo) y "Me van a seducir, me van a quitar el poder a través de la seducción" (si el paciente es del sexo opuesto). Trabajo con ellos estas fantasías que interrumpen la relación, tomando conciencia de la omnipotencia/impotencia en que se mueven internamente, del miedo que suele haber detrás de estas oscilaciones, miedo a intervenciones concretas en momentos determinados, miedo a deseos concretos y reales hacia el cliente, de los que es preferible percatarse en vez de fantasear catastróficamente. En síntesis, confiar en sí mismos a través de actuar puntualmente.

 

7° Al terapeuta suave-narcisista, que envuelve en amabilidad y sobrejustificaciones su miedo al conflicto, suelo corregirle su tendencia al happy end, a cerrar felizmente las situaciones en vez de confiar en el sufrimiento consciente.

Otro asunto que me ha ocurrido repetidamente con este tipo de terapeuta, es que a través de la supervisión me ha tocado afinarles o, mejor dicho, decidirles (p.83) en su vocación terapéutica. Mi experiencia es que están poco comprometidos con lo que esta profesión tiene de servicio. Les encanta hacer terapia, pero no para ayudar al otro, sino para su propia satisfacción: tener pacientes para que se los reconozca, por ejemplo; tener alumnos para considerarse maestros o gurúes, etc., pero todo demasiado autorreferenciado, y es parte de la supervisión ponerlos en el lugar del otro y "escuchar" la situación real del paciente.

Dada su dificultad para concretar y ser claros, los entreno para que sean más contundentes y trabajen sin red, o sea, sin planificación, sin controlar la experiencia del otro o del grupo a través de ejercicios y experimentos premeditados.

En síntesis, actuar con más riesgo y centrados en el aquí y ahora.

 

8.° Con el terapeuta duro-narcisista, mucho del trabajo de supervisión es aflojarlo frente a su paciente, trascender una expectativa demasiado belicosa, excitante y aventurera de la relación terapéutica.

También me descubro dedicando más tiempo que con otro tipo de terapeutas a la comprensión del proceso: explicar la visión panorámica y global que tengo de lo que está pasando, siento que es complementario a su percepción. Este tipo de terapeuta tiene el bendito don del aquí y ahora, la captación de lo inmediato, que es su gran poder terapéutico. Y, a la vez, adolecen del "maldito" don del pasado y futuro; por eso les viene bien reflexionar sobre los antecedentes y también por dónde pueden ir las cosas más adelante. Ensanchar la comprensión del proceso, la visión de que el paciente o el grupo puede andar en esta dirección o en la otra. De entrada son reacios a este tipo de reflexiones, prefieren la excitación de lo imprevisto, la intensidad de lo puntual; detrás de esta resistencia he ido detectando una cierta vergüenza de sentirse poco intelectuales o torpes en lo discursivo, así es que cuando se atraviesa esta dificultad empiezan también a aprovechar la supervisión para preguntar y pensar teóricamente.

 

9.° Al terapeuta sobreadaptado acostumbro a descargarlo de la concepción sacrificada y abnegada de su trabajo, Me veo convirtiéndolos en profesionales en el mejor sentido de la palabra: que puedan tomar distancia entre los pacientes y ellos. No la distancia de enfriar esa actitud amorosa que los caracteriza (aunque es parte de la supervisión animarlos a ser "malos"), sino trabajar en el encuadre del presente, no hacerse más cargo de lo necesario, no ser complacientes con las exigencias del paciente. Mantener el encuadre sin perder su cualidad humana.

También que se fíen de la intuición (que suele ser tabú para ellos); les hago preguntas del tipo: "Aunque no lo pusiste en práctica, ¿qué se te ocurrió hacer?, ¿qué intuiste, aunque no te prestaras consideración? Si no se te ocurrió entonces nada ahora, en el presente, ¿qué te gustaría hacer con este paciente,..?"

Apoyarlos en lo que consideran "egoísta" y en su intuición.

 

6. El estilo personal. Después de todo lo dicho, parece claro que la supervisión no tiene como objetivo adiestrar y mejorar gestaltistas en serie, sino por el contrario afinar el estilo terapéutico personal/ la forma en que cada uno siente y (p.84) transmite la terapia Gestalt. En este afinamiento de lo peculiar hay que considerar tanto lo mejor del terapeuta como sus aspectos neuróticos, para  reconvertirlos en útiles de trabajo, como ya hemos ido diciendo.

En consecuencia, son muy pocas las verdades generales, las normas de oro que habría que recomendarle al principiante y refrescarle al experimentado, más allá de los encabezamientos anteriores (la calidad de relación, de presencia/ contacto).

Sólo falta aludir con más énfasis a las dos intervenciones por antonomasia del buen terapeuta gestáltico: apoyar y frustrar, Podríamos decir, en general, que mucho del trabajo supervisor es confrontar al terapeuta con sus dificultades de apoyar y/o frustrar y tratar de desarrollar la parte que más le falte, a la búsqueda de un equilibrio entre ambas.

Dicho esto, siempre habrá terapeutas más empáticos-simpáticos y otros más frustrantes-confrontativos, pero es tarea de la supervisión rescatar los aspectos crueles de un terapeuta amoroso y viceversa, por poner un caso.

De nuevo, aquí tendríamos que referirnos al estilo personal, por ejemplo, remarcando la forma particular que uno tenga de frustrar; hay terapeutas que manejan bien la confrontación agresiva; otros lo hacen a través del humor; otros más, mediante vacío... Hay terapeutas que apoyan bien a través de la  palabra pero que se manejan mal en el acercamiento corporal, mientras que otros expresan mejor su empatía con el contacto físico, etc.

Hay tantas formas de hacer Gestalt como gestaltistas, y no puede ser de otra forma en una terapia que exige el uso de sí a quien la practica. El único límite que habría que considerar en esto del estilo personal es que no se convierta en fijación. Si un terapeuta, por tomar el ejemplo anterior, siempre y compulsivamente confronta con humor, habría que poner en causa esta tendencia a hacer chistes y proponerle otras maneras más directas de denunciar al paciente.

 

 

IV. Técnicas de supervisión

 

 

No quiero acabar este escrito sin aludir a algunos ejercicios o intervenciones que/ a lo largo del tiempo, se me han revelado eficaces a la hora de supervisar.

 

A. Rol playing. Seguramente la técnica más tradicional, que consiste en reproducir la sesión o situación conflictiva y desarrollarla psicodramáticamente, unas veces jugando el supervisado todos los papeles (terapeuta y paciente) y otras delegando estos roles en el supervisor o en los compañeros. Su objetivo es amplificar y entender los sentimientos que se están moviendo en la relación, con la distancia y la eficacia que proporciona la escena psicodramática. Esta técnica se presta a todas las variantes creativas de la teatralización; me resultó especialmente interesante la versión que proponen Salama-Castanedo: (1) "Imagina que tu paciente está comiendo con un amigo cercano en el que confía. El amigo le pregunta acerca de su terapia. ¿Qué es lo que tu paciente diría?" Entonces representamos esta conversación. (p.85)

 

En general, ponerse en el lugar del paciente resulta siempre revelador; el terapeuta se hace más responsable de sus proyecciones, entiende asuntos inconclusos que estaban perturbando la relación (casi siempre debidos a intervenciones suyas que han resentido al paciente, al que le ha tocado zonas de inseguridad y dolor no consideradas en su justa medida) y se proporciona a sí mismo un espejo crítico que le autodenuncia actitudes de las que no se había percatado: impaciencia, prejuicios, inseguridad, complacencia, etc.

 

B. Catarsis controlada. La situación de seguridad que ofrece la supervisión facilita la expresión de sentimientos conflictivos que el terapeuta ha acumulado y que, frecuentemente, retroflecta y bloquea. En muchos casos, puede ser inoportuno explicitárselos al paciente, pero sí puede aprovecharse la supervisión para que el terapeuta se libere de ellos. Un ejercicio aprendido de Naranjo me resulta muy útil en estos casos:

- Se le propone una descarga frente al cojín donde imaginariamente situamos al paciente, animándolo a la expresión más genuina y descontrolada de que sea capaz: resentimientos, insultos, golpes, etc., hasta considerar que el terapeuta se ha liberado de su hostilidad.

- Tras la descarga, reflexionamos sobre qué aspectos agresivos-confrontativos merece la pena aprovechar y convertirlos en herramientas de trabajo para la próxima vez. Por ejemplo, el terapeuta puede descubrir que su enfado es legítimo porque el paciente no está.colaborando, o lo agrede sutilmente, o lo maniata... No va a pegarle por ello, pero vemos qué otras formas se le ocurren para frustrar o denunciar estas manipulaciones.

- Reproducimos una "sesión correctora" mediante "sillas calientes",donde el terapeuta practica ahora lo descubierto, siendo claro y directo en su confrontación, sin caer en agresiones destructivas ni en amenazas ni en retroflexiones, ni culpabilizaciones soterradas ni tantas otras formas neuróticas del mal uso de la agresividad.

 

C. Preguntas exploratorias. Muchas veces, la intervención del supervisor se dirige a explorar la conciencia del terapeuta por medio de preguntas que lo remiten a sí mismo. Por ejemplo, en vez de investigar lo que no supo hacer o en qué se equivocó, resulta más poderoso preguntarle "¿cómo te traicionaste?", entendiendo que la interpelación no es de corte técnico-teórico, sino que se refiere a su actitud; cómo desestimó su intuición o su percepción, en qué se distrajo, qué temores o fantasías catastróficas quebraron su presencia...

Otras veces pregunto "en qué momento dejaste de acompañar al paciente"/ sobre todo cuando el terapeuta alude a que "se perdió, se quedó en blanco" y otras expresiones confusas. Me interesa aquí revisar detalladamente la  secuencia para descubrir qué distorsionó la escucha del otro.

Otras preguntas van dirigidas a conocer la intencionalidad del terapeuta (que no siempre es consciente de las metas que se ha marcado): "¿Qué quieres que ocurra?, ¿qué estás intentando que le suceda al paciente?" Esta exploración ya es (p.86) en sí misma válida si el terapeuta le pone palabras a aquello que no se había dicho. También, porque a veces sirve para codificar la intuición, lo que uno no sabe hasta que no se detiene a verlo. Y, la mayoría de las veces, porque desvela los estereotipos con que uno se está manejando, los supuestos, lo que presuntamente debe ocurrir en una "buena terapia", sin considerar la situación real aquí y ahora.

 

D. Revisión de la hipótesis de trabajo. En relación con lo anterior, detrás de una intervención o propuesta del terapeuta hay una hipótesis de trabajo no explicitada, que conviene revisar para no caer en excesos interpretativos. Si se le propone al paciente un diálogo con su madre, o una movilización corporal o la auto-observación de su postura, es porque alguna idea tenemos acerca de lo que le pasa y cómo abordarlo. Es también tarea de la supervisión reflexionar sobre esta hipótesis, contrastarla con otras posibles alternativas y escuchar las aportaciones de los compañeros. También yo comparto mis propias experiencias si vienen al caso, sobre todo aquellas que el tiempo y la madurez han ido seleccionando como más adecuadas,

Esta reflexión sobre la hipótesis conviene no confundirla con desarrollar estrategias, algo en lo que no creo y que nos remite de nuevo a la estrechez de trabajar con metas estereotipadas. Más bien se trata de lo contrario, de cuestionar las creencias, los introyectos, la ideología del terapeuta e incluso sus ideas locas o fijaciones.

 

E. Terapeuta "loco" - Terapeuta sano. En determinadas situaciones de  impasse, resulta desbloqueante permitirle al terapeuta ser más neurótico e inadecuado de lo que se está dejando ser. Más o menos la invitación viene a ser ésta: "Si fueras un terapeuta loco, ¿qué harías en esta situación? (o con este paciente)." Generalmente, esta despenalización produce una considerable cantidad de respuestas espontáneas y creativas, susceptibles de ser aprovechadas.

Cuando hago entrenamiento creativo, favorezco que todo aquello que los alumnos van descubriendo a lo largo del grupo como neurótico y enfermo (lo peor de sí), lo utilicen a continuación en sesiones experimentales, jugando a ser, por ejemplo, un terapeuta provocador o malintencionado, o que exageren su seducción o su desinterés por el paciente. Los resultados son tan paradójicos como estimulantes y, aunque en la forma parezcan sesiones caóticas, en el fondo descubren recursos insospechados.

También he observado en supervisión el valor del ensayo opuesto: proyectarse en el terapeuta sano que pueden llegar a ser. Concretamente, cuando el supervisado manifiesta un fuerte enganche emocional con su paciente y no puede dejar de perseguirlo o de frustrarlo por más que haya descubierto la ineficacia de esta actitud, lo invito a una proyección en el futuro; "Imagínate que han pasado los años y eres un terapeuta más maduro... estás más en paz contigo... tienes más libertad interior... ¿Cómo resolverías esta situación?" Generalmente, esto abre la conciencia y amplía el punto de vista, y he de decir que imaginarse loco o imaginarse sano suelen tener una equivalencia sorprendente, no tanto en la forma (p.87) como en la actitud que provocan en el terapeuta. Ambas promueven la fe en la autorregulación organísmica, la esencia de la buena Gestalt y del buen terapeuta gestáltico.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

(1) * Feder, B, y Ronall, R. (1980); Beyond the Hot Seat, Nueva York, Brunner Mazel.

     * Marcus, E. (1979): Gestalt Therapy and Beyond, California, Cupertino.

     *Salama, H. y Castañedo, C. (1991): "Manual de Psicodiagnóstico, Intervención y

                          Supervisión para Psicoterapeutas", en Manual Moderno, México.

     * Juston, D.: "Le transferí en psychoanalyse et en Gestalt-Thérapie", La boite de

                           Pandare, Lille.

      * Ginger, S.; "Pour une supervisión specifiquement gestaltiste", en Ponencia del 4.°

                            Congreso Europeo de Gestalt, París, mayo de 1992.

(2) * Harman, R. y Tarleton, K, B. (1983): "Gestalt Therapy Supervisión", en The

                            Gestalt Journal, Vol, VI, N."1.

(3) * Chevreux, A, E: "La supervisión: terapia del terapeuta", en Boletín de la

                          Asociación Española de Terapia Gestalt (AETC), N.0 12, Madrid.

(4) * Rams, A.; "Reflexiones sobre la supervisión en Gestalt", en Boletín AETG,

                          números 9 y 10, Barcelona, 1989.

(5) * Joan Garriga alude a cuatro símiles o metáforas: "La figura del terapeuta como

                        Sacerdote, Prostituta, Científico y Gurú", en Boletín AETC, N.° 12.

                        Madrid, 1991.

(6) * Naranjo, C. (1990): Ennea-Types Sfnictures, California, Gateways.

         ————"ProtoanálisiV, en Actas de! ¡I Congreso Internacional de Terapia Gestalt, AETG,

                           Madrid, 1987.

         ————(1990): La vieja y novísima Cestait, Cap. 19, Chile, Cuatro Vientos.

(7) * Peñarrubia, Valiente, López, Jiménez y otros: "El poder en los grupos terapéuticos", X Symposium

                           de la Sociedad Española de Psicoterapia y técnicas de Grupo, Puerto de Sta. María.

                           Cádiz, SEPTG, 1982.

(8) * Peñarrubia, F: "Terapia Gestáltica Grupal", Resista Clínica y Salud, N." 2, Vol. 2, Madrid, Colegio

                           Oficial de Psicólogos de Madrid, 1991.

(9) * Freud, S. (1980): "Consejas al médico sobre el tratamiento psicoanalítico", en Trabajos sobre

                            técnica psicoanalítica, Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, Vol. XII,

(10) * Naranjo, C. (1993): Gestalt sin fronteras, Buenos Aires, Era Naciente.

(11) * Racker, H, (1986): Estudios sobre técnica psicoanalítica, Buenos Aires, Páidos.

(12) * Estas reflexiones siguen el hilo de mi propia intervención en el I Symposium Internacional de

           Eneagrama (Alicante, diciembre de 1993), donde coordiné la mesa redonda sobre "La supervisión

           de terapeutas según el carácter".

 

 


Sindicación

Enlaces